Twitter es una herramienta fantástica y en cosa de amores cuna de encuentros y desencuentros.

No importa cuántas personas nos siguen ni cuántas de ellas nos dicen hola o saludan amistosamente aunque sea una vez al mes…siempre estarán allí para nosotros, a la distancia de un click.  Lo primero que nos llama la atención de ellas es el contenido de sus tweets, lo amistoso que pudieran ser, lo respetuosas, su amabilidad, su inteligencia. Cada quien tiene su propio y especial criterio para activar su atención hacia el futuro amigo online o por qué no, futuro amigo de carne y hueso si se da la feliz circunstancia de desvirtualizarnos algún día, café  o té humeante de por medio.

Luego, como el que no quiere la cosa, echamos una miradita de reojo al avatar, y un poco más tarde pero  no tan tarde nos dejamos de hipocresía y le metemos el ojo con tanta intensidad que no paramos hasta que quedamos casi bizcos y con los ojos enrojecidos, a punto de estallar. 

Las mujeres suelen responder en las entrevistas de farándula que les gustan los hombres inteligentes antes que hermosos, pero en twitter están fregadas porque todavía no ha nacido el primer zuckerberg capaz de inventar un dispositivo que muestre la inteligencia en una fotografía. Así que una vez elegida la “víctima” y oteada sin pudor la foto del avatar del varón, suelen ellas disimular su satisfacción con sufrida elegancia, así: 

-No importa, tendré que hacer el sacrificio de seguir muy de cerca a este prototipo de Jorge Clooney.

En el caso de los hombres, husmeamos ese avatar con avidéz de hambrientos y una vez elegida la mujer de nuestros sueños, !ay mi Dios!, se inicia el calvario de cómo diantres vamos a hacer para llamar la atención de ella, si es que alguna vez lo logramos.

Se ponen en práctica allí entonces, en ambos casos, algunas conocidas estrategias de apareamiento deseado y quizá nunca concretado: que si saludos, DMs varios, menciones irrelevantes, inclusión en listas #l@smasherm@sdetwitter, envío de links a canciones en blip.fm, ect, etc.

Todo esto lo vivió Ernesto en carne propia. Ernesto es un amigo twittero que después de que le ocurrió lo que le ocurrió, juró morirse y no reencarnar nunca más por los siglos de los siglos.

1. Amor a primera vista: Ernesto la vió en el avatar y quedó de ella locamente enamorado. Era ella -o su avatar- hermosa, con unos ojos azules como el cielo y una sonrisa de sol. Sus ojos grandes miraban fijamente y dejaban en las primeras de cambio una sensación extraña, pero agradable, de que te quería brincar encima. ¡No lo dudó ni un segundo: era ésa! 

2. Primeros contactos. La empezó a seguir, leía todos sus tweets con atención, hacía RTs frecuentes y la incluía sin parar en todos sus saludos habituales. Un día casi le da una vaina cuando notó que tenía varios seguidores y entre ellos la mujer de sus sueños.

3. DMs y más DMs.  ¡SÍÍÍ! – gritó de alegría- y enfiló su batería. DMS con saludos, recomendaciones, agradecimientos x el follow, #ff, preguntas varias y pare usted de contar.

4. La amistad.  Se hicieron amigos. Muy amigos, tanto que ambos se volvieron virtualmente inseparables; su primer tweet de la mañana era para ella y el de ella para él. Ninguno de los dos se iba a la cama sin antes mandarse el tweet de buenasnoches, deseándose ambos  que durmieran bien y que aunque estuvieran muy lejos el uno del otro estarían cerca de corazón.

5. La cita. Se enamoraron. Y cuando ya los apuros del cuerpo no dieron para más, hicieron todos los arreglos y fijaron por fín el día para desvirtualizarse y vivir en persona todo cuanto él le prometía en sus DMs. Ella encantada. Para mayor seguridad y evitar confusiones ella le mostraría un pañuelo blanco que él consideró innecesario, pero aceptó con cortesía.

– El viernes en Champs restaurant -sugirió él.

– ¡Perfecto -asintió ella- allí nos vemos!

Viernes, 9 pm.  Restaurant. Ernesto sentado en una mesa, nervioso. Mira en todas direcciones y busca entre las otras mesas una cara conocida. Se suena los dedos, mira a la puerta de entrada. Va al baño. Regresa. Mira el reloj. Mira a la puerta.

Viernes, 9.20 pm. Ernesto = 4 whiskies dobles y 10 cigarrillos. Ansiedad.

Viernes, 9.40 pm.  Ernesto. Él y su soledad más absoluta y la esperanza intacta de que ella sí va a llegar.

Viernes, 9.50. Y llegó. La vió entrar por la puerta principal del restaurant, altiva. Caminaba a su encuentro como si supiera desde siempre que él estaba allí, esperándola, justo en esa mesa. Él la miró desconcertado, con ojos de sorpresa que más tarde algunos comensales comentarían eran los más desorbitados que jamás habían visto en un ser humano. Ella se detuvo delante de la mesa, lo miró fijamente a los ojos, y con la tranquilidad de quien le conoce de toda la vida, le dijo:

-¡Hola!

No dijo nada más. Dió ella media vuelta y se fué alejando lentamente en dirección a la salida, entre mesas y sillas, rumbo a un lugar más allá que más nunca.

En la mesa, petrificado y de pie, Ernesto miraba alejarse a su esposa, quien como diciéndole adios para siempre revoloteaba por encima de la cabeza un hermoso pañuelo blanco.

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