DEDICATORIA: Al minero que todos llevamos en el alma.

Chile es el centro  del mundo.

Los ojos del planeta esperan con ansiedad que emerja el primer minero y acabe así la pesadilla. Han sido más de dos meses de estar allí, setecientos metros bajo tierra en la mina San José, en pleno desierto de Atacama.

¿Qué sentimientos puede aflorar en un ser humano, atrapado 700 metros bajo tierra: rabia, miedo, ansiedad, desesperanza?…¿qué tan cerca llega a estar de la locura? ¿ o es que acaso cuando hay certeza del fin inexorable el ser humano prepara con resignación su descenso a los confines de la soledad absoluta, y fría?

Sólo quien lo vive lo sabe.

A partir del día 5 de agosto, fecha del derrumbre, se ha venido formando alrededor de la mina un mundo a retazos, nuevo, signado por la esperanza y el aliento: carpas de familiares implorantes con estampitas de la virgen aferradas al cuerpo como si quisieran enviarles en una oración un poco de calor, equipos de rescate negri-verdes, altares improvisados con cascos y cualquiera otro objeto o pertenencia de los mineros, ministros y funcionarios de todas las jerarquías, grupos musicales que alientan con melodías alegres del desierto, “las máquinas de los milagros”, treinta y dos banderas chilenas y una boliviana en lo alto de una colina cercana, y como emblema de la lucha por sacarlos, un cartel inmenso, lapidario:

“Vamos carajo, un montón de tierra y piedras NO pueden con este puñado de atacameños. ¡¡Fuerza y corazón de mineros!!

Las labores diarias se han ido sucediendo con paciencia de orfebre, en etapas: plan A, plan B, plan C. Las máquinas perforadoras Schramn T-130 y Strata 950 son las divas.

-“Ellas nos los devolverán” -dicen las mujeres entre llantos esperanzados y se acercan a las máquinas y las miran de cerca y las tocan y las bendicen y cuando reparan que son inanimadas, retiran las manos del hierro indiferente,  y callan.

Pasan los días. Sesenta y siete para ser exactos.

Los trabajos de rescate siguen a toda marcha. Día a día, sin parar.

Hasta que una tarde llegó la noticia:

– !El 13 de octubre comenzará el rescate!

En el campamento Esperanza ahora todo es alegría. A lo lejos las banderas flamean alegres entre los brazos de las ráfagas del desierto, mientras una lágrima desciende lenta desde los ojos felices de la cara  de una mujer de Atacama.

Justo la noche antes del rescate, el campamento parece una feria: gente por doquier, confundidos todos entre familiares, banderas, estampas, vendedores de ocasión, canciones alegres, abrazos, y una sola frase:

-¡Mañana es el día!

Y llegó el día.

La capsula Fenix, una especie de jaula alargada de 460 kilos de peso y 53 centímetros de ancho, empieza su tarea.

Comienza el descenso y luego el ascenso, sacándolos uno a uno.

A poca distancia -la prudente para mantener la seguridad- se agolpan curiosos, familiares, periodistas, reporteros, canales de TV, emisoras de radio, oficiales de gobierno, políticos en campaña, agentes literarios, médicos, representantes de estudios de hollywood, representantes de marcas afamadas, y hasta el enviado de Steve Jobs llevando para los mineros 33 iPods de última generación.

La gente expectante. Uno a uno siguen saliendo de la cápsula los cuerpos envejecidos por los rigores, alegres, buscando familiares en medio de la ceguera de la luz, indiferentes al festín de las vanidades.

Hasta que el último minero en salir llega justo a la puesta del sol.

La cápsula se detiene. Se abre la puerta, el minero da un paso afuera. Mira en todas las direcciones, se cubre la cara, escucha voces. Entre el griterio de alegría y los abrazos y las entrevistas a granel y las fotos de grupo y las promesas de todo tipo, no ve a nadie. No tiene a nadie, más que a su absoluta soledad. El pequeño mundo de Atacama que tiene enfrente se divide en este instante en dos polos asimétricos. 1) uno minoritario pero ideal:  abrazos, llantos, alegrías, besos, miradas a la cara, caricias, y más llanto y más alegrías y más abrazos. 2) Otro insensible y arrogante, de flashes, cámaras, comerciantes, agentes literarios, productores de TV y cine, políticos, vendedores y  prometedores de oficios.

– ¡Ese no es el mundo que quiero. Soy más básico! -dice para sí el minero.

Y retrocede. Abre la puerta y entra de nuevo a la cápsula. Cierra  y hace una seña con el dedo pulgar hacia abajo, lentamente.

Y desaparece de nuevo en la oscuridad, rumbo a la profundidad de la caverna adonde se curan las vanidades de una vez y para siempre.

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