La amistad es una entrega en la que los involucrados no piden nada a cambio sino fundirse de almas.

Tener un amigo o una amiga es un acto de desprendimiento, en el que priva la empatía, la sinceridad, la solidaridad y sobre todo la aceptación mutua, pues no tiene como mucho sentido andar por la vida actualizando un catálogo de futuros amigos diciéndose uno mismo a cada rato:  lo tengo, no lo tengo, lo tengo, no lo tengo, éste sí,  éste no,  éste sí, éste no, me sirve, no me sirve, me sirve, no me sirve.

A un amigo no se apuesta como si se tratara de un cartón del bingo que jugaba mi abuela en esas fiestas del pueblo,  en las que las atracciones principales eran una silla voladora multicolor, una estrella giratoria destartalada, un circo con elefantes hambrientos, un enano que a la vez era el payaso,  y una mesa grande de bingo.

Es cierto que hay gente que arma grandes rumbones y otros menos grandes y más sofisticados, pero todos con la misma intención: hacer amigos; encontrarse y hablar de negocios. Unos menos interesados se conforman con echar un pié  mientras que otros más #todobusiness conocen gente, hablan sin parar y cuando por fin ven a la presa dicen: ¡aquí hay un negocio!

La amistad es otra cosa. Suele nacer espontaneamente, sin espavientos ni alardes, sin más objetivo que juntar lo mejor de cada quien y crearse en AMIGO. Qué por qué decidimos que una persona sea nuestro amigo y en cambio otra no?. No lo sé.  Tendrá que ver, supongo, con muchos factores relacionados con la visión y condición que tiene  cada quien como ser humano.

Lo cierto es que no hay nada más puro que la amistad, pues ¿a cuenta de qué, y sin que nos corra por las venas ni una gota de sangre común, llegamos a querer y compenetrarnos tanto con un extraño que termina siendo casi el clón de nuestros sueños?

Los verdaderos amigos son empáticos, sinceros, desprendidos, solidarios, y reales. ¿Cómo que reales?. Pues claro: están allí siempre, lloran contigo, rien contigo, tienen defectos como todos y nos importa un bledo que los tengan, no son familia nuestra pero ni falta que hace, son de carne y hueso y como si fuera poco hasta nos perdonan casi todas nuestras vainas bipolares.

Sin embargo, los valores de la amistad tradicional están cambiando en estos tiempos de redes.

Internet, la interconectividad, las redes sociales, todo eso viene dando al traste con la forma tradicional de encarar la amistad. Nuevos valores suplantan viejos valores, el smarphone sustituye al abrazo y el unfollow al perdón. Ya pocos lloran en el hombro del amigo, más y más mortales lanzan sus lágrimas hoy sobre la pantalla de su computador portátil,  a los cuatro vientos en una conferencia vía skype u oovoo, o en un video de aficionado colgado en Youtube. No hay piel de por medio, ni siquiera  un gesto de consuelo con la palma de la mano sobre el hombro.

Otros son hoy los valores. Irrumpen nuevos, modernos, impersonales, distantes.  He aquí 4 de ellos:

1. Conectividad. Claro, hay que estar conectados todo el tiempo porque sino eres lo que se llama es nada, un X pues. Hay un afán, un frenesí por buscar en las redes una presencia, un reconocimiento, un certificado de nuestra existencia digital. Estos días leía en un diario que si no estas en las redes sociales “no existes”. Me dije cónchale que interesante, entonces me salgo de ellas de inmediato y como ya no existiré entonces el banco no me podrá cobrar el préstamo del carro.

La otra vez le dije a mi santa madre que podía lanzarse a Alcalde porque conocía a todo el mundo en el pueblo y la gente la saludaba con mucho cariño.

– ¿Cómo haces, Madre, si tu no usas computadoras?.

– ¡Pero tengo tiempo para todos ellos y les hago el bien! – dijo.

2. Cantidad. Esto es, el afán de tener miles y miles de amigos. Algo así como si todos hayamos asumido como himno colectivo aquella famosa canción de Roberto Carlos que dice: “Yo quiero tener un millón de amigos/ y así más fuerte poder cantar”. Sí. Todos queremos en estos tiempos de redes tener no pocos sino más bien un millón de amigos, de followers constantes y sonantes. Ahora, ¿qué tan significativo es para nosotros esa cifra, qué tan felices nos hace, qué utilidad tiene, desde el punto de vista humano, pavonearnos con esa cifra de vértigo?…tal vez tiene su recompensa: mayor visibilidad online, un poco de fama,  o de respeto, o simplemente transformarnos en personajes que mutamos en influencers.

Mi padre, en cambio, solía decirme:

-¡No te preocupes por tener muchos amigos, preocupate por tener los mejores!

3. Temporalidad. Mi padre me confió que tuvo como 5 años pretendiendo a mi madre antes de que ella aceptara que fueran oficialmente novios. Le dije,  Viejo cuando mueras te voy a poner un epitafio en la tumba que diga, aquí yace un hombre que resistió con valor. Se echó a reir y me dijo que gracias a esa proeza yo estaba en el mundo y que por lo tanto no lo jodiera tanto con eso. Después le expliqué que todo venía a cuento porque hoy en día las cosas no son así ni de joda, las parejas se aparean con la velocidad de la luz y en esto de Internet y las redes sociales  la gente  se hace amiga y deshace también como un rayo. Basta un click y adios luz que te apagaste. Un bloqueo, una denuncia por spam, un lanzamiento a la papelera, o simplemente un unfollow bastan para que vayas a parar sin retorno al baúl de la más absoluta indiferencia de quien apenas unas hora era tu amigo online.

4. El interés. En estos tiempos se ha evolucionado de la amistadd de los afectos a la amistad de los intereses. Interés en los temas profesionales, interés en los temas laborales, en los datos financieros, en las desgracias del vecino, en trivias varias y hasta en los chismes de farándula. Es la era del ser humano como herramienta, no del ser humano como fin. Pero ni modo, esos son nuestros tiempos, y en ellos nos tocó nacer.

Esta entrada la escribí justo antes de salir a caminar al parque, en la mañana.

Allí en el parque encontré, como siempre, a Radames. Radames es un hombrecito diminuto, encorvado, como de ochenta años, que de tanto encorvarse casi ya va llegando al piso  de vuelta. Él no se ejercita como lo hacemos el resto de los usuarios del parque. Radames sólo da los buenos días,  habla y aconseja,  y reparte abrazos y sonrisas de abuelo encantador.

Radames es mi amigo.

Le di los buenos días y como siempre nos dimos un abrazo, cálido.

Yo empecé enseguida mi trote habitual, alejándome de Radames, mientras pensaba que la tecnología habrá hecho maravillas pero jamas podrá sustituir el calor del abrazo de un amigo de carne y hueso, digo, de esta especie ya casi rara y en franco peligro de extinción.

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