Apenas encendí el vehículo, la ví.

Estaba allí, de pie ante el cesto de la basura, justo en la parte posterior del estacionamiento, en uno de esos lugares casi ocultos que destinamos en los edificios residenciales para depositar todo cuanto ya no sirve, o que por alguna inconfesada circunstancia simplemente ya no queremos con nosotros.

Ella era joven pero con un semblante que añadía edad a su rostro, tal vez de alguna pena del alma mal curada.

Llevaba el ramo de flores con delicadeza y antes de echarlo al cesto, tomó un pétalo marchito y se lo guardó con ella. Luego aceleró el movimiento de la mano y ya no ví más aquellas flores muertas.

Mientras salía yo del edificio en mi auto, me preguntaba ¿quién habrá enviado esas flores a esa joven marchita?…¿sabrá acaso el remitente que justo en este instante su presencia a través de la flores ha ido a parar a un cesto viejo en el rincón más despreciable de un estacionamiento.  ¿Disfrutaría ella esas flores el día de San valentín?…¿sería suficiente ese ramo de flores para alegrarle el alma o, por el contrario, lo que prueba es una ausencia que quiere pasar desapercibida ante un alma arrugadita como una pasa?.

Me inquietó esa imagen. El día de la amistad no puede ser esto -digo.  Un ramo de flores enviado con premura, una cena en un restaurant en el que, a pesar de la reservación, tienes que esperar por tu mesa más de 3 horas largas. Y qué decir de los nada originales que deciden hacer el amor con su pareja justo el día de San Valentín y entonces emprenden aquella carrera loca entre una ciudad abarrotada, buscando hoteles o moteles y haciendo largas filas de autos que pugnan por entrar al único motel de lujo que ha sobrevivido a las diez de la noche a la avalancha de cuerpos sedientos.

¿Por qué este afán sólo en ese día?. Tenemos 365 días para enviar en cualquier momento de cualquier hora de cualquier día unas lindas flores a nuestra pareja, llevarla al cine, al restaurant, al hotel, al motel, hacernos el amor sin más premura que la de dos cuerpos nerviosos queriendo ser uno solo; caminar descalzos y reirnos como locos y con esa misma cara de locos enamorados tomarnos de la mano y ya no soltarnos más hasta que ambas manos se hayan convencido de puro tacto y contacto  que se han vuelto una sola forever and ever.

Me niego a contribuir con el dueño del restaurant que se frota las manos de alegría por aquella inusual fila de hombres y mujeres que esperan pacientes, con la gorda de la floristería que de tanto hacer arreglos el día de San Valentín, se toma unas vacaciones merecidísimas por haber esquilmado con precios de ocasión a más de un bolsa pretencioso con ínfulas de Romeo del siglo 21; niego la efectividad de la urgencia, de la premura, del detalle del último instante, del amor a través del objeto.

Bienaventurados los seres humanos que han descubierto el amor del afecto, pues no tendrán el afán de la compra.

Dichosos los que saben apreciar la diferencia entre un ramo de flores y unas flores juntas en un ramo, pues han logrado al fin mirar en el alma del otro.

Sabios quienes disfrutan diariamente los placeres de la vida al margen de las fechas, ya que el goce es atemporal.

Felices quienes juntas sus cuerpos para ser uno solo, pues conocerán la esencia del instante perfecto.

De regreso a casa, en la tarde, miro de reojo el cesto de la basura, y el ramo de las flores marchitas aún está allí, en medio de la más absoluta indiferencia de los humanos paseantes.

Sólo el alma de la mujer misteriosa y triste ha de andar por ahí, en alguno de esos pisos del edificio, desgarrada por no haber tenido a quien enviar en esta ocasión aquellas flores mustias.

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