En el ámbito jurídico de la propiedad industrial, una marca es un signo susceptible de representación que sirve para distinguir en el mercado los productos y servicios de una empresa de los de otras empresas.

Básicamente se trata de algo que identifica, algo característico que evoca, que remite inmediatamente a un producto o servicio empresarial. Por lo tanto, sus dos atributos son: i) la susceptibilidad de representación gráfica, y ii) el carácter distintivo (Fernández-Nóvoa y otros. 2009: 486).

Visto de esa manera, la marca es un discurso.  Este discurso genera amor, odio, simpatías, antipatías, deseos, pasión, tedio, seguridad, temores, satisfacción o rechazo con relación a determinados productos y servicios y a las empresas que los producen  o prestan.

Por lo tanto, la finalidad de la marca-discurso es estimular una acción positiva o negativa según los atributos del producto o servicio de que se trate. El usuario aceptará la invitación y la asumirá en la medida de su fidelidad respecto de la marca.

Ahora bien, en los tiempos presentes, tiempos de redes sociales e interactividad al máximo, no sólo se venden productos y servicios tradicionales, sino también identidades. Las personas naturales y jurídicas construyen día a día, mediante un discurso en la web 2.0, un signo característico, una huella digital en relación con sus preferencias personales y profesionales, pero sobre todo acerca de su visión particular sobre hechos o temas de interés global.

Este discurso en la red, unas veces profesional y cuidadosamente hilvanado, otras más informal e improvisado, va tejiendo un signo, una huella, una identidad digital, una marca, no en el sentido jurídico del término, sino más bien como seña identificadora de quiénes somos realmente, y cómo pensamos.

En algunos casos, nuestro discurso en la red es infeliz, erróneo, inoportuno, impertinente, errático, tendencioso, improvisado, o simplemente superficial y descuidado.

Es cierto que tenemos todo el derecho a darle una forma particular, una impronta personal  a nuestro discurso en redes como facebook o twitter, pero tratándose de afirmaciones o negaciones respecto de hechos globales hemos de asumir las consecuencias por ellas.  Sobre todo, si la impresión que causan termina siendo totalmente contraria al propósito pretendido con ellas al expresarlas.

Veamos estos ejemplos.

@davidbisbal: “Nunca se han visto las pirámides de Egipto tan poco transitadas, ojala que pronto se acabe la revuelta”

@aliciamachado77: “esta noche quiero que me acompañen en una oración uno por la paz que estos ataques entre las Chinas no empeore nuestra situación

@Vivicarolina: “El que administra este twitter @maracuchos es chavista, barcelonista, y super ordinario. No lo agreguen, es más, INFOLLOW. O.o”

Como consecuencia de las afirmaciones anteriores, los tres usuarios de twitter fueron Trending Topic en twitter y motivo de mofa global. En el caso de Alicia Machado ha tenido que cargar con la mala reputación de ser ligerita de ideas, y sigue siendo la protagonista de los chistes más implacables de la red que se conozcan en los últimos tiempos en Venezuela y otros países de la región, mientras que Viviana Carolina será conocida siempre como la persona que dio el primer INFOLLOW de la historia de twitter, por lo menos así lo refiere en su perfil el mentado @maracuchos, a quien le fue propinado.

La moraleja de todo esto es que nuestros mensajes constituyen un discurso y el discurso una identidad. Hoy esa identidad es global y se construye día a día, de post en post, de tweet en tweet. Por lo tanto, cuidemos con diligencia de celador  lo que nos salga del corazón para evitar que termine arruinado por la boca, o por los dedos, en este caso.

La fórmula para lograrlo es 3C4EVER. Tener presente siempre las tres C: cerebro para generar las ideas, corazón para expresarlas, y convicción de que lo que decimos se corresponde con la verdad.

De lo contrario, estaremos destinados a una especie de Goodwill al revés, por obra y gracia del mazo implacable de nuestros pares en las redes sociales.

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