La lectura es acto aburrido cuando quien pretende enseñarla lo asume como una tarea , y quien la recibe la mira como una obligación.

La forma de enseñar literatura en el aula es una fatalidad. Es una especie de brebaje de aceite de bacalao que hay que tomar porque sí, so pena de que los “maestros” nos incuben a la fuerza 10 tomos en formato papel de la enciclopedia Británica. Eso de estudiar literatura a partir de nombres de escritores, y de sus fechas de nacimiento o muerte, o  en largos ensayos “sobre autores y sus obras”, es la forma más efectiva de matar en la raíz el interés de los niños y adolescentes por el libro y sus delicias.

No es raro entonces que,  ante esa paliza intelectual de los primeros años, ya adultos o viejos asociemos rápidamente y sin ningún margen de duda, un ejemplar de  más de 900 páginas deliciosas de Don Quijote, o de Los Miserables, o de Guerra y Paz, con un pesado ladrillo de barro refractario.

Leer es un acto personal, muy íntimo,  en el que los  libros no esperan de nosotros sino la complicidad del silencio. Para ello se requiere haber conseguido un estado de plenitud espiritual, y sobre todo una firme vocación para la sorpresa.

Y como lo señala Marina, que al internarse el lector por los senderos de sus líneas, deje atrás el lugar donde está, las preocupaciones en que vive…

Para lograr esos estados ideales en el ser humano, para condicionarlo en el amor a la lectura, algunas de estas cosas que citamos a continuación, ayudan. Nunca es tarde!

1. Tener libros en el hogar. Una biblioteca personal, no necesariamente numerosa, es un buen ejemplo para los más pequeños. La existencia de libros en casa, al alcance de la mano, despierta su curiosidad, aviva sus ganas de conocer qué hay dentro de esas cajitas de papel apiladas verticalmente, o unos sobre otros, o desparramados por doquier.

2. Tocarlos, tocarlos, y volverlos a tocar. A los libros hay que tocarlos, mirar el color de las tapas, acariciar el papel, hojearlos con desinterés, como el que no quiere la cosa, pero queriendo. Dejar que las hojas se abran al azar, despacito,  justo donde se nos muestre premonitoriamente una palabra o una frase que nos hablen directamente al alma. Hay que perder el temor ante los libros, y brindar confianza para que la gente siquiera los toque, los manosee. Aquí no aplica aquello de “no tocar”.

3. Disfrutar el olor de los libros.  Hay que olerlos, adueñarse del libro a través de los olores, apreciar con el olfato esa aventura que se se nos ofrece sin malas intenciones, sólo esperando que seamos ese aliado cómplice que la quiera vivir, o que por lo menos lo intente.

4. Leer, leer y leer. Dejemos que el instinto guíe la aventura. La clave es leer, y leer, y seguir leyendo. Al comienzo será un tanto a ciegas, sin mucho criterio entre lo que es bueno o lo que es menos bueno. En todo caso, lo que importa en esta etapa es que se pierda el miedo, que se rompa el hielo, que la lectura sea una posibilidad nueva, deliciosa.

5. Hacer del libro una aventura. Pasado ese temor inicial, la lectura ha de ser una aventura, una apuesta a la felicidad. Como dice Marina, una aventura en la que, como el explorador que avanza intrépido por la selva, siente que la maleza se vuelve a cerrar, tras su paso, acogiéndole en un mundo de orquídeas y lianas, mariposas gigantes con ojos en las alas, rugidos de panteras y gritos de Tarzán.  Todo el mundo sabe que una biblioteca es como un bosque, concluye Marina.

6. Contar con un aliado. ¿Y con quién nos embarcamos en esa aventura? – pareciera ser la pregunta pertinente. Otra vez el instinto puede servir, lo esencial es que la compañía nutra y no aburra. Como en todo viaje, hay cómplices de viajes, en este caso en la aventura de leer: una buena librería, especialmente de literatura, filosofía y temas diversos que puedan avivar el espíritu y  la curiosidad por los asuntos  que nos hacen humanos; un buen librero y no un vendedor de libros. Un librero gentil que nos  adelante pasajes de las maravillas del viaje;  un buen amigo avesado que nos recomiende,  y que nos guíe.

7. Elegir los compañeros de viaje. A estas alturas,  ya estaremos preparados para escoger a nuestros acompañantes, habremos adquirido las destrezas de un boticarios del alma. Todos sabremos, más o menos con cierto tino, escoger entre lo que sirve para el marketing y lo que es útil para el espíritu. De cualquier manera, no está demás invitar con frecuencia a esos viajes a los buenos amigos de antaño:  Cervantes, Monteigne, Faulkner, Conrad, Kipling, Kafka, Victor Hugo, Dostoievski, Joyce…y por qué no, siempre hay que dejar un espacio también para Schopenhauer, Russell,  Arendt, Borges, Sabato, Ribeyro, Paz, Cortazar, Pizarnik, Cadenas, Montejo…

Norah, hermana de Borges, afirmó en una ocasión que la pintura es el arte de dar alegrías con formas y colores.

“Yo diría -sostiene Borges- que la literatura es también una forma de la alegría”

Asumamos, pues, la aventura del libro,  de la lectura como placer mayor, y para eso nos puede servir para el final esta frase de Vicente Aleixandre:

“Oye este libro que a tus manos envío con ademán de selva”.

¿Y los libros digitales? -preguntarán los más contemporáneos.

Esa es otra historia.

 

 

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