La amistad es una cuestión seria.

Ser amigos entre humanos significa intercambiar intereses triviales o de mayor de entidad, pero sobre todo es alianza voluntaria de afectos entre seres cuya química personal está destinada a compartirse.

La amistad, como toda empresa seria, se construye de a poco, con constancia, con transparencia,  generando coincidencia en los propósitos cualquiera sean éstos, y abonando a diario en esa entrega mutua para que no desmaye, para que no muera.

En las redes sociales los propósitos y los tiempos son diferentes. Lo que la gente espera en las redes es más rápido,  la demanda de atención es mayor, los objetivos no son de afectos sino de visibilidad, de presencia. ¿Cuántos “amigos” necesito para hacerme visible? ¿cuántos contribuirán a ello?

En Internet uno de los términos en boga es la “viralidad”. Viral para indicar que gusta, que se contagia, para referirse  a algo sobre lo que todos hablan, que siguen, comentan, que agrada a la mayoría.

Aplicada a la “amistad” 2.0, podriamos decir que es esa  situación en la que por alguna circunstancia nada excepcional, pero innata, terminamos accediendo a una red en la que nuestra presencia se va contagiando exponencialmente de círculo en círculo, hasta cubrir un espectro suficientemente amplio de por lo menos 6 círculos de influencia, en los que somos “endiosados” a punta de RTs, menciones, #FF, like, etc.

Esa “amistad” nos encanta, pero tiene sus bemoles, como diría un grande y querido compositor venezolano. He aquí algunos:

1. Contagia. Claro, esa es la idea. Si es viral se regará como la polvora y todo el mundo en estos 6 círculos hablará de tí hasta en la sopa y predicará a los cuatro vientos que eres lo más extraordinario que se ha creado, después del sexo.

2. Es superficial. Nada de intensidades. Basta unos cuantos tweets, menciones, #FF y uno que otro DM que se deje caer como el que no quiere la cosa para que los amigos de redes se juren “amistad eterna”, y por nada del mundo es necesario que cada quien llore en el hombro del otro, o mejor dicho lagrimee en el teclado del amigo en desgracia. Basta el “ánimus amistatum”.

3. Es temporal. Eso de amistad eterna y todas esas linduras está bien en el mundo off, pero en el mundo on la cosa es diferente. Podremos ser muy panas panitas del alma en Twitter y Facebook pero si el número de seguidores y amigos  se inclina a uno de los lados y el otro queda rezagado, no les quepa la menor duda que ese perfil potenciado asi de seguidores se inflará como un globo y las viejas amistadas rezagadas quedarán para el olvido.

4. Cesa. Las amistades virales nacen, crecen vertiginosamente, y de la misma manera se enfrían y desaparecen. Sólo unos pocos hacen honor a su declaración inicial de amistad y permanecen allí, fieles, inamovibles como un roble,  cualquiera sea la suerte que hayamos corrido. En este caso el virus ha dejado de ser tal y se ha transformado en algo más consciente y  más humano.

Así de cruda es la realidad viral. AL final, cuando aún disfrutamos de algunos restos de esos prolongados 20 minutos de fama que nos tocara en suerte en las redes sociales, cuando aún pensamos en lo felices que fuimos con tanta atención de amigos 2.0 que de la noche a la mañana levantaron vuelo, como las golandrinas, nos percatamos de los amigos habituales. Esos amigos que siguen ahí y a quienes  por culpa de estas benditas redes sociales teníamos como alejaditos, y entonces nos entran unas ganas enormes de decirles despacito, muy despacito,  como dice Albert Espinosa:

“Si tu me dices ven lo dejo todo, pero dime ven”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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