Quien lee por convicción no asume una tarea que culmina en el último folio. Por el contrario,  se entrega a una aventura que comienza en el tacto y en los ojos y se va desparramando luego por todos los sentidos, hasta que el ser humano que somos queda totalmente atrapado en una especie de burbuja de sensaciones deliciosas que se acrecientan justo al final de ese camino.

Desde los comienzos, cuando la lectura se hacía en voz alta, el hombre no ha buscado  en ella sino el placer de la aventura,  la complicidad de las melodias en las palabras bien dichas, el regusto por el significado y la promesa absoluta del saber.

Ese gusto por el significado y la promesa del saber es horizontal. Se busca en cada hoja de un lado al otro, se palpa con cada ojo en una danza suave, muy suave,  de izquierda a derecha, por lo menos es así en nuestra cultura.  El acto de leer comienza con el tacto, sigue con los ojos y termina con el corazón. El ritual es horizontal porque el lector va engullendo sin prisa cada letra de cada palabra de cada frase, al tiempo que en el cerebro se le va dibujando el significado, el mapa del entendimiento y del saber.

Pero hoy en día las cosas son diferentes.

La lectura no es ya en estos tiempos un ritual para iniciados, sino más bien una actividad de masas -una más entre tantas de esta era vacía- venida a más por obra y gracia del culto al perfil.  Todos, o casi todos, podemos leer hoy cualquier cosa, a través de diferentes formatos, y ufanarnos de ello no a la manera de Borges, el gran lector, sino por el simple hecho de leer y poder reenviar o compartir a la velocidad de 140 kilometros por tweet, las lineas que hayamos podido “ver” a la carrera. Hay un afán por mostrar a conciencia nuestra poquedad de espíritu.

El acto de leer ha dejado de ser un goce y se ha transformado en una pose. La lectura hoy es vertical. He aquí algunas señales de ello:

 La lectura de arriba hacia abajo 

Todos tenemos premura. Leemos de todo y para todos. Pero esa lectura es a prisa, de arriba  hacia abajo, una especie de mirada ligera desde el título, siguiendo con las ideas principales y leyendo apenas el cierre, lo cual nos parece suficiente para crear el mapa del saber, nuestro ideario personal  respecto de los temas que leemos, aunque a decir verdad no nos hayamos detenido ni un segundo a analizar  absolutamente nada.

El afán de decir

Ello es consecuencia de  la primacía hoy del habla sobre la escucha. Las personas quieren hablar a toda costa, pero no escuchar a nadie. Cuando alguien habla, los que permanecen callados no lo hacen escuchando sino anciosos a la espera de su turno para hablar. No se asume el silencio como aprendizaje, sino como estrategia. Esa es la razón por la que al toparnos con alguna información no la leemos concienzudamente, la revisamos verticalmente y de un solo click la ponemos a andar para no quedarnos atrás en eso de decir algo.

El manejo de datos, no de información

Las tablas, los papiros, el papel, los formatos digitales …todos han sido en su momento soportes para fijar los datos. Por su parte, los sitios web, los blog, el correo  electrónico, los grupos de chat, etc,  son mecanismos de hoy para intercambiar contenidos. Las personas ahora disfrutan de esa variedad de herramientas, de esas posibilidades ilimitadas de intercambio, crecen las fuentes, se diversifica el mensaje, se multiplican exponencialmente los datos. No obstante, ese crecimiento no se traduce en  mayor información;  paradojicamente la profusidad en los datos genera una especie de colapso … una incapcidad material de generar saber.

La irreflexión

El dramaturgo Jean Claude Carrière dice echo de menos, sobre todo para las escenas dialogadas, los borrones, las palabras anotadas al margen, ese primer estadio de desorden, flechas que van en todas las direcciones y que son una señal de vida. Pues sí, decimos nosotros, qué sentido tiene la lectura como herramienta y no como goce; por qué prescindir del ritual íntimo de la lectura como bálsamo, como búsqueda. Hay que tomarse el tiempo  e ir de espacio al encuentro de los significados y sus revelaciones más íntimas.

Ante una realidad como la que esbozamos,  nada como una invitación al origen,  ese estadio del lector primario de ojos acuciantes, pero atentos; de manos inquietas, pero sabias. Ese estadio en que el ser humano, cualquiera sea la naturaleza de sus lecturas, prepara a diario su alma para apoderarse de ellas y estamparles su huella personal, como dice Umberto Eco, ahora y para siempre.

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