Las redes sociales suelen parecer, a veces, una especie de Coliseo Romano donde unos hacemos de leones hambrientos y otros de gladiadores culpables y andrajosos.

Por supuesto, no solamente son actores el afán del león y el temor de la víctima, también juega un rol de primera el griterío del gran público que no tiene el poder de las fauces, pero disfruta del olor de la sangre. En definitiva, no importan las razones…cuenta el circo.

El detonante es variadísimo: desde un comentario tipo Alicia Machado o Bisbal, hasta una frase mal hilvanada o un comentario no sesudo; desde una simple falta de empatía con el otro, o una asimetría, o un bemol, hasta un rencor bien guardado o una envidia mal disfrazada. Todo sirve para dar inicio a la carrera de las fauces tras la presa.

Así es este juego, y así será hasta el fin de los días. Todos jugamos en las redes al león que somos, mientras nos toca el rol de la victima que seremos.

En las redes sociales online la gente aplaude la libertad y los movimientos de neutralidad de la red, su independencia, la inconveniencia de la ingerencia de los entes regulares, etc. Aboga por una libertad de acción, una especie de auto-gobierno, donde el hacer esté regido por el sentido común. Hasta ahí todo bien.

El problema viene cuando, como una especie de nubarrón diluviánico, se desprenden las gotas sin importar que no sea el tiempo habitual de las lluvias, y se forman ríos a borbotones que lo arrasan todo de improviso. En suma, esa libertad mal entendida de decir de los otros lo que nos de la gana, afirmando y divulgando públicamente sin reparos todo cuanto nos parezca, todo cuanto deseemos según nuestras motivaciones, sin importarnos un bledo sus implicaciones.

Nos referimos a la difamación.

La difamación como el acto de afirmar o divulgar respecto de un tercero un hecho que lo perjudique en su honor o reputación. Basicamente, divulgación de juicios ofensivos, delictuosos o inmorales ante varias personas separadas o reunidas que causan un menoscabo en el honor de la víctima.

En ese sentido, para que haya difamación en la conducta del agente activo tienen que concurrir, por los menos,  las siguiente carácterísticas:

1. Afirmación o divulgación de un hecho referido a otro. La afirmación ha de hacerse ante dos o más personas, juntas o separadas, a través de cualquier medio o procedimiento. En este sentido las redes se han convetido en mecanismos usados a menudo con estos propósitos, bien por medio de tweets, retweets, entradas en blog, comentarios en sitios web, videos, fotografías, etc. Cabe destacar que aunque en Internet no hay una reunión de personas en los términos habituales, fisicamente presentes, lo que hace público el contenido es su puesta a disposición en la red, la posibilidad de que varias personas, reunidas o no, puedan accederlo desde cualquier lugar donde se encuentren.

2. Existencia de Dolo. Juridicamente, como dice Jescheck, conocer y querer los elementos objetivos que pertenecen al tipo legal. Esto es, tener conciencia de la naturaleza dañosa de nuestros actos difamatorios  y aún así querer sus resultados.

3. Lesión en el honor o reputación. La afirmación o divulgación no se basta a sí misma, tiene que tener la suficiente entidad para causar el daño, y ese perjuicio debe estar referido al honor o reputación de las personas. Ha de causarle una merma, una desmejora, un impacto que ponga en tela de juicio la imagen habitual y el conocimiento que tienen los demás acerca de la víctima.

La red es libre, y esa libertad da para todo  -parece ser la consigna en estos tiempos.

Pero no es así.

Existe un sistema legal de responsabilidad por acciones y omisiones, y por cierto ni se puede alegar en descargo propio la ignorancia de la ley ni la propia torpeza. Hay que ser libres de pensamientos, y cuidadosos de acción. Nunca emprendamos una campaña en las redes sociales cuyas implicaciones no estemos dispuestos a asumir. Evitemos, por ejemplo, incurrir en afirmaciones contra terceros que puedan afectarlos en su honor y reputación, ni tampoco nos hagamos eco, por solidaridad automática, de afirmaciones públicas de otros formuladas contra terceros.

En suma, no acosemos a los gladiadores, no vaya a ser que se conviertan en leones.

 

 

 

 

 

 

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