Es de mañana y  la lluvia comienza a caer menudita, leve, tan leve como una caricia.

Las gotas menudas se estrellan contra el vidrio y observo como se hacen riachuelos, hilillos que se deslizan al encuentro de la tierra.

Me invade la melancolía. La levedad de la lluvia es  el motivo perfecto para que alguien sensible aprehenda  mis hojas y las pase una a una,  hasta que el último párrafo de la historia se haya contado de a poco, entre las manos y ojos felices de un lector agradecido. Es el deseo supremo del Libro.

Pero  este no es mi caso. Permanezco aún vírgen a la curiosidad humana. Desconozco el placer del tacto de los ojos.

He ido cediendo al tiempo entre marrones en la tapa y un lomo deshilachado. Puntitos de años se han apoderado del papel y lo han envejecido. El color de las letras del título se ha vuelto cada vez más ténue y las hojas se adhieren día a día con mayor con fuerza a la tapa, ya sin esperanza de una mano y de unos ojos.

Vivo en un estudio de ventanales cuyo espacio se va llenando de otros  libros que cada vez son más; algunos de tapas y colores vistosos, otros, menos agraciados pero igual de irreverentes,  con esa típica actitud de los que suelen llegar con la certeza del dominio.

Yo los he visto llegar. Poco a poco se fueron apilando entre la caoba del estante, en el Chesterfield de piel vino envejecida, en las esquinas del salón, y hasta encima de las pequeñas escalerillas cuya función ha dejado de ser desde hace rato la de alcanzar los libros más altos. Todo se fue llenando de libros nuevos. Mientras tanto,  yo entre ellos quieto, arrinconado, huidizo, temiendo desde mi estante más lejano el  momento del desplazamiento total.

Allí, en ese espacio que he ocupado siempre desde el inicio de los días, he vivido a la distancia la rutina del lector: libros que van y vienen, libros que se abren en silencio y son acariciados, cuerpos y ojos axhortos mientras la espalda se reclina al placer de una historia bien contada. Libros nuevos que se van apilando prioritariamente, con la promesa del lector que llegará  a veces, o no llegará nunca.

Desde mi soledad  melancólica, me pregunto. ¿cuál es el propósito de un libro?…¿su sola tenencia justifica sus días?…¿qué criterios imperan para elegir uno en vez de otro?. Como en mi caso, ¿cuánto más he de esperar para tener la fortuna de un lector?

Después de muchos años, tal vez la respuesta la tenga ahora, en breve…

Justo ahora, el lector se ha levantado lentamente desde Chester. Elige a tientas uno. Lo ojea. Lo devuelve. Escoge otro. Lee un poco, de pie. Lo cierra y vuelve a empezar. Es  ese el instante en que me mira atento por primera vez en muchos años. Se detiene justo enfrente.  Estira la mano. Ha llegado la hora.

Minutos más tarde, un libro nuevo y pretencioso yacía en mi lugar en el estante.

De mí sólo se sabe que he ido a parar, viejo e intacto, a cualquier lugar…sí, a cualquier lugar.

 

 

 

 

 

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