Uno de los mayores atributos de Internet es la gran facilidad para compartir contenidos. Pero esa misma facilidad, y la irrupción de múltiples plataformas como las redes sociales  online (RSO) demandan más y mejores contenidos susceptibles de ser compartidos. Esa realidad ha abierto las puertas a la actividad no siempre ética y legal de copiar y pegar.

En estos tiempos hay una especie de ansiedad colectiva generada por la necesidad de publicar cosas interesantes y originales en nuestros distintos perfiles sociales.

En otras palabras, es el precio de tener un promedio de 3 cuentas en redes sociales, escribir en un blog propio o ajeno o en páginas web especializadas, subir y compartir videos o canciones, tuitear frases ingeniosas y hasta hacer con frecuencia confesiones vanales como si de un confesionario se tratare, aunque a la mayoría les importa un bledo.

Esta realidad suele derivar en una especie de sequía intelectual, en auxilio de la cual se ha desatado la “copy&pastemanía“: copiar indiscriminadamente contenidos de otros, pegarlos como propios  y después gritarle a su nicho en  la red ¡SOY UN GENIO!

En este sentido existen dos corrientes en el mundo de la creación y distribución de contenidos.

1) Copiar es libre.

Los que sostienen esta tesis afirman que todo lo que circula por la red es propiedad colectiva, por aquello de que nada es original pues las ideas contemporaneas tienen su génesis en ideas antiguas que han pasado de generación en generación desde el origen mismo del hombre.

De manera que no puede esgrimirse originalidad sobre un contenido que ha sido “inspirado” en ideas desarrolladas con antelación por otros autores. A lo sumo el nuevo autor crea algo distinto que en realidad es lo mismo pero con pequeñas diferencias de estilo, no de fondo.

Esta corriente suele invocar hoy el artículo 27 1) de la Declaración Universal de Derechos Humanos que aboga por el derecho de toda persona a tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad. Ergo, todo es de todos y que nadie venga con el cuento de que copiar es malo y todas esas linduras -suelen decir.

2) Copiar es delito.

Es la otra corriente, la que defiende la propiedad sobre los contenidos y el derecho de sus creadores a disfrutar de los atributos morales que se derivan de la paternidad e integridad sobre ellos, asi como de los beneficios económicos relativos a su producción y comercialización.

Paradojicamente, sus seguidores se basan en la defensa del esfuerzo intelectual y en el mismo artículo 27 de la Declaración Universal de Derechos Humanos que invoca el primer sector. Pero en este caso citan el 27, 2) en el cual se establece que toda persona tiene derecho a la protección de los intereses morales y materiales que le corresponden por razón de sus producciones científicas, literarias o artísticas de que sea autora.

Como puede verse, son corrientes totalmente opuestas, y hasta hay quienes afirman que son irreconciliables.

Nosotros creeemos que no lo son.

Defendemos el derecho de la gente a copiar todo lo que quiera, a compartirlo, a hacer circular los contenidos por todas las plataformas que elija, pero que lo haga teniendo en cuenta dos premisas.

Premisa uno: Citar es un derecho. Para usar un  texto ajeno optemos más bien por el derecho de cita, que es un derecho de toda internauta, previsto en el artículo 10 del Convenio de Berna para la Protección de las Obras Literarias y Artísticas. Eso sí, las citas hemos de hacerlas conforme a los usos honrados y en la medida justificada por el fin que se persiga.

Premisa dos: Reconocer la autoría estimula la creación. Indicar el nombre del autor del texto copiado total o parcialmente es el mayor tributo a su esfuerzo intelectual, por pequeño que sea. De esa forma habrá más creadores y mayor cantidad de contenidos para disfrutar y compartir.

Se trata, simplemente, de preservar con sentido común la razón de ser de nuestra presencia en la red: los contenidos.

 

 

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