El ser humano ha disfrutado desde los primeros tiempos de los placeres estéticos más variados. Ha apreciado el arte en sus diversas manifestaciones en tanto cura eficaz para el espíritu. Hoy, sin embargo, las nuevas tecnologías han propiciado el repliegue absoluto de las formas tradicionales de producir y consumir contenidos culturales.

El ingenio es la expresión acabada de lo que hace el hombre para mostrar lo que es y sobre todo para dejar claro lo que no es. En el caso de las artes, por ejemplo, todo aquello que a lo largo de la historia ha contribuido a saciar las demandas del espíritu, bien sea a través un soporte material concreto como un libro, un disco, una pintura, un dibujo, una escultura o bien llevando a cabo las actividades que las generan: leer, escribir,  pintar, esculpir, escuchar  música, etc, etc.

Estas manifestaciones del ingenio dan lugar a placeres estéticos cuya efectividad espiritual nadie ha puesto en duda desde los primeros tiempos. Pero hoy, en la era de la conectividad a través de tecnologías de última generación, se repliegan en su forma tradicional para dar paso a nuevas formas de disfrute.

Ya no hay tiempo para el reposo y el disfrute sosegado, cuenta más la novedad, el acceso rápido y por ende el menor esfuerzo en el gozo intelectual. Ya no hay cabida para el asombro ni para el trance con mirada jubilosa.

 Escribir

Eso de escribir cartas a mano y  contribuir con el género epistolar o teclear en una antigua máquina de escribir un cuento o una novela o bocetos apenas de poemas en gestación es tan inusual verlos ahora que han pasado ya a la categoría de  oficios “raros” -dicen los nativos digitales- Por eso, sólo un privilegiado como Paul Auster, agregamos nosotros,  se puede permitir hoy la licencia de afirmar con absoluta naturalidad que sigue escribiendo a mano y tecleando luego en una máquina de escribir Olympia fabricada en 1960,  sin parecer por ello un bicho raro recién salido de la caverna.

El resto de los mortales, o casi todos, optamos por ordenadores personales, tabletas o cualquier otro dispositivo menos tradicional para vertir en ellos nuestras cuitas más íntimas, más profundas.

 Leer

Leer hoy es un actividad cada vez más frecuente entre personas no habituadas; los contenidos abundan y las aplicaciones para almacenarlos se ofrecen por doquier. No obstante, la portatibilidad hace el milagro de la oferta, pero no crea el hábito.

Es bien probable que nuestros libros preferidos podamos descargarlos y almacenarlos con gran facilidad en dispositivos móviles. Para esta generación  no cuenta tanto el hecho de asir físicamente el libro, olerlo, anotar un comentario al borde de sus páginas preferidas y convivir con él mientras la lectura trascurre. No. Sólo es relevante para ellos descargarlo, echarle una mirada vertical y fugaz como el que no quiere la cosa,  tener del contenido sólo una idea vaga y dejarlo luego  ahí almacenado hasta otra ocasión de encuentro que no se sabe si habrá de ser.

 Escuchar música

El avance en los formatos de almacenamiento y escucha ha sido vertiginoso. En cientos de gigabytes los dispositivos de todos los modelos, marcas y colores se disputan las preferencias de los nuevos consumidores, quienes se dejan seducir sin reparo con tal de ser portadores de la modernidad.

Qué importa si  entre intercambios y descargas se rebasan las  cinco mil canciones en iPod o en ipad y en las listas de preferencias de escucha habitual se llegue apenas a cien. El gozo viene dado por el hecho de tenerlas almacenadas, a disposición ahí siempre, aunque se sepa de antemano que nunca se escucharán, por lo menos no de la manera tradicional.

Apreciar el arte

Hoy basta bajar una aplicación de la App Store y en minutos se pueden apreciar  las colecciones del Louvre, o si se prefiere de los impresionistas, o sólo de Monet o Van Gogh en HD, con lo cual cada vez más personas renuncian al placer real de la contemplación y de la búsqueda.

En todos estos placeres tradicionales, yo estoy a medio camino entre la generación que irrumpe con fuerza y se ha ido adueñando de todo,  y la otra que se repliega, no en huida,  no temerosa, sino más bien con júbilo y en silencio. Creo que más hacia la segunda que a la primera.

Ha de ser por eso que antes que ver los jardines de Monet en la aplicación del ipad, preferiría tomar el tren en la estación Saint Lazare en París, llegar al pueblito de Giverny, adentrarme por los riachuelos de los jardines con árboles y flores infinitos, y desde allí, desde el famoso puente de los enamorados, ver flotar cientos de lirios de agua.

Como dice Edvar Munch, tan solo estar allí con el arte. Esto es, sintiendo el grito de la naturaleza.

Comments are closed.

Post Navigation