“En el prado”, Claude Monet

La lectura, dice Pennac, no depende de la organización del tiempo social, es, como el amor, una manera de ser.

Y vaya que es cierto: una vez  que nos habituamos a lidiar en silencio con los libros y sus maravillas no hay fuerza capaz de impedir la comunión entre el hombre y las palabras. Ni siquiera en los tiempos de hoy con sus urgencias y afanes, pues nadie puede prescindir a voluntad de aquello que contribuye a su alegría.

Lectura y nuevos formatos 

Los tiempos modernos han traído consigo nuevos formatos, nuevas aplicaciones  o soportes -ya no el papel- que permiten almacenar grandes cantidades de títulos de cualquier género, cuya tenencia en dispositivos móviles, por ejemplo, nos aplaca la ansiedad de ávidos lectores pero no necesariamente incrementa el número de nuestras lecturas habituales. Nos hemos vuelto tenedores de lecturas pendientes. Eso visto así es una nueva causa de ansiedad, aunque compartida con esa especie de alegría incontrolada al ver que los títulos nuevos  fluyen como el agua, las ediciones se multiplican, las lecturas se acumulan.

Los tiempos nuevos han traído consigo también lectores nuevos. Seres que aman leer pero que carecen de sosiego, de tiempo. Se prefiere hoy el pase vertical y rasante de los ojos en lugar de la mirada calma y fija sobre el texto, evocadora y en trance.

Leer a pesar de todo

Aún así, el lector de siempre se las arregla. Sabe de antemano que toda esa avalancha de posibilidades no quebrará su voluntad de ojear a diario, entre horas  sin reposo, en el bus, en el metro, en medio del tráfico infernal, esas lineas que están allí para él, como esperando una caricia de los ojos, y por qué no, un suspiro suyo de vez en cuando.

El lector de siempre resiente la pérdida, la hoja desprendida, el doblez, la mancha  en el texto y en cualquier lado; el lector de siempre celebra las ferias de libros, los encuentros, los bautizos, las librerías de estantes y libros infinitos y libreros sensibles…y si de hurgar se trata, prefiere pues escabullirse entre volúmenes de segunda o “de viejos” como suelen llamarse,  apilados en cualquier rincón, quietos ellos con sus maravillas ocultas, en posición eso sí de entrega suplicante.

He allí el ritual y el origen de todo: ese estadio del lector primario de ojos acuciantes, pero atentos; de manos inquietas, pero sabias. Ese estadio en que el ser humano, cualquiera sea la naturaleza de sus lecturas, prepara a diario su alma para apoderarse de ellas y estamparle su huella personal, como dice Umberto Eco, ahora y para siempre.

Leer es un viaje

La lectura es una aventura, una apuesta a la felicidad.

Una aventura en la que, como el explorador que avanza intrépido por la selva, siente que la maleza se vuelve a cerrar, tras su paso, acogiéndole en un mundo de orquídeas y lianas, mariposas gigantes con ojos en las alas, rugidos de panteras y gritos de Tarzán.  Todo el mundo sabe que una biblioteca es como un bosque, concluye Marina.

Creemos con Pennac que efectivamente nuestras razones para leer son tan extrañas como nuestras razones para vivir. Pero nadie las pone en cuestión, ni lo hará nunca.  Sólo importa  leer y nada más.

¡Por eso amamos los libros. Son la única compañía que no espera de nosotros sino la complicidad del silencio!

 

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