“…Esa sociedad podía llamarse Aire de Dylan, lo que les permitiría imaginarse a sí mismos como una gota de cristal que contendría la esencia de su época, el aire de su tiempo, del nuestro, de un tiempo ligado en arte al mundo de Bob Dylan”.

Las lecturas habituales son producto de nuestras preferencias estéticas, de los fantasmas acuciantes que nos impulsan a menudo a los libros en busca de una cura, como enfermos delirantes.

Es una especie de carrera frenética soportada apenas por las urgencias de la búsqueda. Una anécdota,  una frase, una idea hilvanada con destreza desde la primera página, que fluye luego lentamente hacia la última, mientras se va haciendo cura a destajo, pero remedio a fin de cuentas.

 Eso nos ocurre con Aire de Dylan, de Vila-Matas.

Se empieza el libro y no queda otra alternativa: hay que terminar de leerlo de un tirón, so pena de perdernos las peripecias de Vilnius en su afán por acopiar un archivo general sobre el fracaso, lo cual no es más que una excusa del autor para mantenernos atentos a los pasos de Vilnius y de Débora, que son dos pero en esencia una sociedad que no se dedica a nada en concreto. Son perseguidores de sueños no complejos, diríamos nosotros.

La infralevedad representada, como dice Vila-Matas, por esa sociedad que se siente atraída por todas esas cosas indeterminadas, pero por otro lado tan específicas como un dibujo al vapor del agua, por ejemplo,  y que son todo al mismo tiempo, como la vida misma.

La otra cara de la infralevedad

Esa sociedad va de un lado a otro, procastina a menudo por hastío, muestra interés por las cosas no usuales, opta por el ser y extrae su razón de ser de la fragilidad cotidiana.

Esa sociedad hoy renuncia a las cosas de “envergadura” y se dedica más bien a otras muy diferentes que a los ojos de los demás resultan intrascendentes, simples, de poco valor desde la concepción material tradicional, pero de gran significación para los seres de espíritus más elevados.

A partir de esta idea, me han estado dando vueltas algunas cuestiones en ciernes, no elaboradas: ¿no son acaso una especie de infralevedad al revés la velocidad de los tiempos presentes, la superficialidad de las ideas, la falta de arraigo y hasta la forma en que las personas -por ejemplo en los social media- van de un lado a otro, blandiendo especialidades de humo?…¿no es acaso una forma de no saber nada saber poco de mucho?.

Hoy cada vez más personas andamos en una carrera desenfrenada por destacar hasta en los asuntos más insólitos. En esa carrera poco importa el tiempo que hayamos invertido en prepararnos para ello; importa la urgencia de estar a toda costa, de no ceder espacios. Se conoce por anticipado que es una carrera producto de la demanda y la obsolescencia programada, pues a la vuelta de la esquina ya habrá pronto una nueva especialidad que ofrecer, o lo que es lo mismo  una nueva forma de hacer y de decir.

En ese ir y venir desenfrenado, la falta de enfoque, el hecho de no dedicarse pacientemente a nada en concreto, comporta paradójicamente una modalidad de fracaso.

Tal vez esta realidad sea la razón por la que haya hoy en el mundo cada vez más Vilnius y Débora volviendo la mirada a las cosas más simples, más hermosas,  a aquellas que le dan significado al espíritu, que es decir a la vida.

 

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