No suelo preguntarme cuánta dicha he hallado en los libros, pero lo que si se con certeza es que sin ellos  sería un ser humano diferente.

El libro constituye nuestro único instrumento de salvación, dice Jorge Luis Borges. Y de seguidas en esa breve reflexión acerca del libro agrega: de los casi infinitos instrumentos que son obra del hombre, el más singular es el libro.

Explica Borges que la espada o el arado son una extensión de la mano; el telescopio o el espejo, de nuestros ojos. El libro, en cambio, es una extensión perdurable de la imaginación y de la memoria.

A partir de esas hermosas reflexiones acerca del libro, nos asaltan las propias y empezamos a preguntarnos cada vez más a menudo ¿cuáles son esas cualidades por las cuales un libro es algo que nos seduce u odiamos?, ¿por qué reincidimos en la búsqueda?, ¿por qué al final esa complicidad absoluta entre unos ojos y unas páginas, entre unos ojos y una pantalla?

El rito del libro es así, va de la duda a la entrega. Una vez sorteados esos primeros acercamientos como quien no quiere la cosa, pasamos a la fase de la aceptación mutua, ese estadio en que ya no dudamos ni un instante más y nos rendimos de una vez y para siempre a sus placeres.

El libro como compañero

El ser humano no gusta de estar solo; la soledad es deseable cuando es voluntaria, cuando es a propósito. Y qué mejor propósito para estar solo que ir al encuentro de una anécdota, de un estilo, de una frase bien hilvanada que te va llevando a otra y otra más hasta que de tanto ir hacia adelante con ademán de selva, sientes que el libro se hace una compañía silenciosa, pero imprescindible. El libro es un compañero para quien tus  ojos son la vía perfecta para llegar al alma.

En el metro, en las salas de espera, en el auto bus, en el aeropuerto, en el avión, en el parque, en el sillón; regalado, comprado, prestado; no  cuenta mucho cómo elijas leer y dónde elijas leer, el libro irá siempre contigo o te estará esperando.

Un libro es una cosa entre las cosas cuando nos aguarda en los anaqueles, pero puede ser una revelación, un estimulo, una forma tranquila de la dicha, cuando lo interrogamos -concluye Borges.

La ausencia del libro

Su ausencia o pérdida es dolorosa. Puede ocurrir por varias razones, pero cualquiera que ella sea nos duele, nos inquieta su no presencia, esto es el no libro. Una vez editado y tras su llegada a las librerías físicas o tiendas de venta online, empieza la carrera contra el tiempo. Nuestra ansiedad crece y crece y solo desaparece cuando de tanto andar de un lado a otro como poseídos damos nosotros con el ejemplar que andábamos buscando. El deseo hacia el libro es una enfermedad deliciosa que se cura sólo con su tenencia, de la misma manera en que la ansiedad de ver al amigo se cura con el abrazo.

Por eso nos duele su extravío, la ligereza por haberlo prestado a quien no lo merecía, su venta de segunda por razones económicas o porque su dueño primero se ha ido ya para siempre y lo ha dejado así, al azar de unos ojos que lo merezcan.

Me duele pensar que los libros caerán en manos ajenas o que incluso se venderán -se lamentaba Canetti- me gustaría que permanecieran donde están ahora y que yo pudiera visitarlos de vez en cuanto sin ser visto, como un fantasma, dijo.

En suma, el libro no elige a su lector  ideal, pero una vez que  lo halla cumple en él su misión: darle sin esfuerzos momentos de alegría.

Por esas razones no dudo que un libro es el mejor amigo del hombre…ah, y porque no ladra!

¿Y tú que crees?

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