SIMONDIAZSimón Díaz, o el “tío Simón” como lo llamamos los venezolanos, inventó la alegría.

En serio. Bastaba verlo caminar por cualquier calle de un pueblo o ciudad en Venezuela para constatar su real conexión con la gente. Era una especie de imán que aglutinaba a su alrededor no solo gente del status quo, o políticos o gobernantes de todas las corrientes, sino gente de a pie, como él, de quienes no se separó nunca.

Si eres un lector de este blog en otro país y no sabes quién fue, bastaría que “Googlees” su nombre y allí hallarás abundante información, entre ellas que Simón Díaz es el autor venezolano de la famosa canción “Caballo Viejo“, y cientos de otras más, interpretadas por reconocidos artistas de Latino América y Europa.

Pero eso lo leerás mejor en otros medios. Yo solo quiero referirme brevemente al ser humano que fue Simón Díaz, el “Tío Simón“.

El tío Simón o cómo repartir alegrías al pasar

El tío Simón solía caminar ligerito y al llegar a un lugar te extendía la mano y sonreía . Pero hasta ahí su urgencia. Se detenía frente a ti y ante los demás que se iban acercando de pura curiosidad, y empezaba entonces a repartir abrazos infinitos y risas transparentes, como el agua. Claro, cómo no lo iba a hacer si él tenía la fórmula perfecta.

-“Les voy a echar un cuento”-decía.

Y enseguida empezaba a narrar. Todos a su alrededor se ponían atentos como quien no quiere perderse ni un detalle de la historia. Apuraba el final con maestría. Luego, con esa magia única en él, redondeaba el desenlace con  humor fino y estallaba al instante la risa de la gente, que de pura alegría se contagiaba más allá de las paredes. Solo entonces volvía a retomar el paso, dejando atrás caras sonrientes y orgullosas de haber compartido ese instante con él. Seguía así, ligerito, buscando o encontrando nuevos lugares y nuevas gentes a quien fabricarles a la medida algún momento de risa.

Era un gran compositor. Pero también otra cosa: Simón Díaz era un hacedor de momentos de alegrías.

Simón Díaz dibujante

Le encantaba dibujar.

Un día almorcé con él y un amigo común. Era Navidad. Llamó al mesonero y le habló bajito, como para que no escucháramos.

-“Sigue hablando, pero no mires pa acá”-dijo, dirigiéndose a mí.

No hice caso. Miré de reojo, con curiosidad. Y repitió con gracia:

-¡”Que no mires, te dije. Sigue hablando”!

Pasaron unos minutos, y dijo finalmente:

-Toma “carajito”. Es tu regalo de Navidad-.  Y me e entregó en un abrazo un dibujo maravilloso que me hizo. El lienzo era una servilleta grande, de tela blanca que había tomado del restaurant en complicidad con el mesonero. Ese fue entonces mi momento de alegría, el más nítido y hermoso. Conservo y tendré ese dibujo como un tesoro, y a través de él al tío Simón.

Me preguntaba a menudo cuál era el mayor atributo de este venezolano excepcional, qué lo hacía tan querido por la gente. Me decía ¿será su alegría, su espontaneidad, su sencillez, su sabiduría?. Dudaba unos segundos. Pero inmediatamente me respondía con la certeza que nació de los ratos que tuve el privilegio de compartir con él, lo mismo que me respondo hoy: ¡El tío Simón es todo eso!

¡Hasta siempre, tío!

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