Hay días en que tienes una necesidad tremenda de leer,  una necesidad que rebasa tus dosis habituales, como cuando sientes un bajón de azúcar y la  buscas con afán so pena de desmayo, pues así.

El motivo no importa, cuenta el ardor de la carencia. Y es allí entonces cuando haces un alto en tus rutinas inmediatas y sales corriendo a buscar tus libros , obras de autores que son tus referentes o guías personalísimos desde la palabra,  libros con infinitos comentarios por doquier, o notas o subrayados propios que son a la vez la lectura hecha confesión, o libros que están en la lista de espera y a los que le llega la hora así de improviso, libros, libros en fin.

Hoy es uno de esos días.

Constancia de la Lluvia, de Ricardo Ramirez, es el detonante. Era uno en la lista de espera.  Lo leí de un tirón. Un diario delicioso que a su vez es una fotografía de un país y un viaje a la literatura. Hay autores, dice Ramirez, que son de uno, más allá de que probablemente existan mejores. Autores a los que volvemos insistentemente. Autores con los que te sientes en casa. Una ropa que te queda. Gente que nunca falla.

Y enseguida vino la escalada: voy de prisa por la ropa que me queda, que me va de lo mejor hoy aquí  y ahora. Voy por Borges, por Canetti, por Steiner; Ribeyro y Villoro de pasada lenta y suficiente, sigo hasta detenerme en Rafael Cadenas y sus Dichos prodigiosos. Un poco más allá Piglia y Vila-Matas, pero no se si alcanzarán las horas de hoy para tenderles la mano y los ojos.

Leo y releo en ellos.  Cientos de frases destacadas cuidadosamente reviven unos ojos ávidos y un estado de ánimo que fue ayer y que se ha tornado hoy de puro estar de vuelta. Hoy, porque mañana serán otros los afanes y otros los autores. Así funciona.

Leer sana a medias.

Muchas veces hemos escuchado acerca de las razones que llevan al hombre a adentrarse en la lectura de un libro, y en la mayoría de los casos se impone la diversión, el entretenimiento como hallazgo, como búsqueda. La anécdota, pues, se entroniza como razón de ser y dueña absoluta de ese viaje a tientas que termina en algún momento con una lágrima o una sonrisa.

Yo no lo veo así. La lectura es es una búsqueda, sí, pero como un afán de cura, de remedio para el alma. Y ello me ha llevado a darle vueltas a una idea propia un  tanto descabellada, pero firme, según la cual mientras existan enfermos de alma, que cada vez somos más por cierto, no habrá poder en la tierra que acabe con la Lectura. Y eso es así porque ellos, nosotros, damos fe de que nos inventaremos una y otra vez los ardores del alma, iremos por la cura, y al cabo de un tiempo reincidiremos.

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